dimecres, 19 de juliol de 2017

Reseña de Winter is Coming: El mundo medieval de Juego de Tronos de Carolyne Larrington

Reseña de Winter is Coming: El mundo medieval de Juego de Tronos de Carolyne Larrington

“Un lector vive mil vidas antes de morir. Aquel que nunca lee vive solo una”.
George R. R. Martin

Portada del libro

Esta semana tenemos una reseña de un libro diferente. Podemos asegurar que se trata de un estudio completísimo de la Edad Media, del mundo medieval, a través de los diferentes reinos o lugares del mundo de Poniente creado por George R.R. Martin, el bardo de New Jersey. Se trata del libro Winter is coming: el mundo medievakl de Juego de Tronos escrito por Carolyne Larrington. Ha sido publicado por la editorial Desperta Ferro , que nos tiene acostumbrados a su revista sobre història militar de gran calidad, especialmente a nivel gráfico. Y eso se nota en el exquisito tratamiento gráfico del libro pues es a todo color. Ha sido traducido al español por Aurora Ballesteros, un trabajo digno de elogio pues hay que dominar dos temas para poder verter al idioma de Cervantes este libro escrito en la lengua de Shakespeare, el bardo de Avon. 
La escritora que nació en Tripolí pero es inglesa es una experta en literatura medieval y en culturas nórdicas lo cual se demuestra a lo largo de todo el libro pues es una conocedora a fondo del imaginario medieval. La obra de Martin trasciende y llega al lector porque conecta con nuestro sustrato colectivo, la infancia de Europa que decía Robert Fossier, con los arquetipos immemoriales que Campbell estudió a fondo. El hombre medieval tenía por obsesión llegar a la luz, pasar el invierno, como decía el gran historiador francés Georges Duby. En todas las fuentes medievales vemos esa tradicional lucha entre el bien y el mal, Dios y el Diablo, de influencia gnóstica y maniqueísta que estaban en las fuentes cristianas. La autora se sumerge en esas fuentes medievales para tejer un tapiz donde reviven los personajes de las crónicas medievales como el Beowulf, la literatura de Chaucer, de Malory, C. de Troyes, Shakespeare-como no-, pero también clasicos como Platón o Plinio el Viejo. 
                 
Carolyne Larrington
Trata temas como el poder, las figuras reales, las mujeres, dragones, heráldica, la corte, el trono, la religión, la muerte... El libro hará las delicias de los que amen las sagas nórdicas pues está lleno de referencias a ellas, en parte por ser una de las influencias de George, como señalamos en alguno de nuestros textos y en parte por la formación profesional de la autora. Como pero se hecharía en falta un hilo conductor a través de casas o perosnajes que en mi caso es lo más relevante de la saga, porque los Reinos no dejan de ser ambientaciones que Martin utiliza para tejer esa telaraña donde todos hemos caído. Pero caundo se escribe un libro de esta naturaleza hay que escoger y la autora hizo su elección y la llevó hasta el final felizmente. Es un libro lleno, no es para nada vacuo ni dice obviedades sinó que hay muchas horas y años de lecturas, un pozo de sabiduría antigua y ancestral como la de los maestros de la Ciudadela. La autora desborda a veces al lector -si no es algo lego en estas materias- con su erudición, algo que en mi caso no es un defecto. Aborda el siempre complicado tema de como distribuir los temas -en el caso de quien escribe se optó por personajes- a partir de zonas geográficas de los Siete Reinos: Norte, Sur, Este, Oeste... Esto permite al lector empezar por donde tenga sus casas o ambientaciones favoritas, lo cual puede ser una ventaja para aquellos fans del Norte, que son muchos, por ejemplo. Contiene un original aviso de spoilers -a partir de iconos en colores blanco, gris y negro- que es muy útil y que está pensado para no chafar la guitarra al lector novato, que tampoco creo que sea el target natural de este libro que, en mi opinión, está destinado a acabar en algunos cursos universitarios -que seguro brotarán como setas- para delícia de los alumnos. Es lo que Alejo Cuervo denominaría con orgullo y una sonrisa de las suyas un ejercicio de frikismo ilustrado. Un libro a recomendar para aquellos que sean apasionados de la Edad Media y de Juego de Tronos. No es un libro para el fan medio que ni ha leído los libros ni va ha hacerlo. Pues si uno no se enamora de la obra de Martin escrita, que tiene miles de páginas, tampoco va ha leer un libro de más de doscientas páginas, densas y repletas de información sobretodo de fuentes literarias. Lo que para mi gusto lo convierte en un libro imprescindible para según que paladares. 

El romanticismo de la caballería

Siempre se ha dicho que los americanos estan huerfanos de historia medeival. Y eso es cierto
 a medias, pues como son anglosajones llevan en la mochila
 su bagaje artúrico, céltico y normando a cuestas. Pues la història de Inglaterra es la historia de Europa. Y ese fondo pagano y clásico grecoromano está en las raíces de la obra de George R.R. Martin, quien de alguna manera ha venido a llenar ese vacío épico que tenian los Estados Unidos de América. Podemos decir que, almenos por una generación, Martin ha forjado ese pasado medieval romántico enun mundo materialista y pragmático como es el del americano medio, que vive en un
paradigma científico y tecnológico de pimer orden. Como decía Jung la mente siempre quiere equilibrarse y mantener ese diáologo entre consciente e inconsciente, tan prolijo para mantener la salud mental del propi individuo. De otro modo la batalla d elos opuestos, que dice Melisandre terminaría demasiado pronto. Y la naturaleza quiere que vivimos lo suficiente para llegar a ser quien podemos ser. Y la autora del libro acumuló durante años lecturas para que florecieran en este libro de una serie que la cautivó, pues se ve en la redacción la pasión de alguien que escribe como un veterano con la ilusión de la primera vez. Felicidades!!

La Mano del Rey


dimarts, 4 de juliol de 2017

Entrevista a Joan Montes, autor de El día que murió Fidel Castro (novela)


Entrevista a Joan Montes, autor de El día que murió Fidel Castro (novela)


Joan Montes, profesor de secundaria en el instituto Pere Vives Vich de Igualada (Barcelona), tras varias publicaciones dirigidas al mundo de los viajes, nos ofrece la novela El día que murió Fidel Castro, una historia donde recoge las experiencias vividas en sus viajes a Cuba y los testimonios de diferentes personas que vivieron los momentos más significativos de la Revolución.

Portada del libro
1-¿Cómo surgió la idea de la novela y cuánto tiempo has invertido en ella?

La idea de escribir la novela surgió a partir de diferentes viajes que realice al país cubano, donde viví numerosas experiencias, y de los testimonios de varias personas, que desde dentro y fuera de la isla vivieron los capítulos más importantes de la historia contemporánea de la Revolución cubana.

2-¿Por qué recomendarías a un lector este libro?

A mucha gente le interesa especialmente la cultura cubana, incluso durante varios años fue el país de moda del turismo nacional, leer mi novela supone para todos ellos una inmersión en sus paisajes, sus costumbres, su historia y su lenguaje con ingeniosos giros semánticos.

3-¿Cómo documentas tu trabajo como escritor?

Documentar la novela fue quizás la parte más laboriosa de todo el proceso de escritura, a ello dediqué muchas horas, intentando contrastar la información que muchas personas me traspasaron, y, al mismo tiempo, acercarme lo más objetivamente posible a la realidad cubana, donde parece que todo es o blanco o negro, y descubres que no es así.

4-Eres un escritor de mapa, que tiene planeado todo lo que sucederá, o de brújula, que tiene una idea más o menos general de la obra y la va escribiendo sobre la marcha explorando los caminos que van apareciendo en la mente del escritor a medida que trabaja?

Para escribir esta novela, inicialmente tracé uno planning de los que quería hacer, basándome en mis experiencias personales, pero confieso que a medida que iba escribiendo páginas, dado el carácter histórico de la obra, iba encajando piezas sobre cosas que me iban explicando o que iba descubriendo en diferentes fuentes de información.

5-¿Crees que al literatura puede cambiar el mundo?

Leer y viajar son para mí las cosas que más hacen despertar la mente de las personas, la primera, conociendo la realidad del mundo, y la segunda trasladando tu imaginación fuera de tu habitat cotidiano, dándote ambas una perspectiva y una riqueza mental mucho mayor que cualquier persona incapaz de coger un libro y de salir de su entorno.

6-¿Por qué Cuba y porqué Fidel Castro? ¿Cuál es la visión que tienes de Fidel como personaje histórico?

Cuba, por la fascinación que sentí, y aún siento, por ese país. Fidel, porque es imposible hablar de Cuba, sin que el protagonista, para bien o para mal, sea ese personaje histórico, que enseñó a leer y a escribir a muchos de los cubanos, a través de su Revolución; pero que después, les prohibió escribir y hablar con libertad. Toda una paradoja.  

7-En la solapa de la trama se expone que tenemos un profesor catalán en busca de una idea utópica política y tres la cual se esconde una conquista de la libertad. ¿En que sentido crees que eso es así? ¿Hay un paralelismo entre Sergi Sandoval y el Joan Montes, o sea entre protagonista y autor?

Sí, ciertamente, como persona, me identifico plenamente con el personaje. Soy una persona que cree en los ideales, en los valores humanos, aunque cuando he viajado mucho, conociendo países y diferentes culturas, y he vivido unos cuantos años,  anhelo con fervor una sociedad más justa y libre, pero eso sí, dentro de unas normas que permitan no atentar contra el respeto de los demás...; esa es mi utopía por la que creo lucharé hasta el final.

8-¿Que 5 autores te han influido más como narrador y cuáles son tus favoritos independientemente de que te hayan ayudado a crear tu estilo?

No me atrevo a hacer una lista, pero si que te diría a que todos aquellos que son capaces de construir historias donde se mezcla la realidad bien documentada con la ficción, llevándote a un terreno que resalte los valores humanos y ponga en evidencia los contravalores. Los últimos libros que impactaron en este sentido fueron Díme quien eres de Julia Navarro  y el Anarquista que se llamaba como yo de Pablo Martín Sánchez. 

9-¿Que 3 libros te llevarías a una isla desierta?

Sidharta, El alquimista y El tambor de hojalata.  Creo que siempre conviene repasar y recordar sus mensajes.

10-Eres un gran amante de la música. ¿Que música escuchas cuando escribes, o prefieres el silencio?

La verdad es que prefiero el silencio, como mucho el rumor del mar que siento desde la terraza de mi casa, que en determinados momentos de bloqueo mental, supone una gran fuente inspiradora. 


Damos las gracias a Joan por responder nuestras cuestiones y le deseamos mucha suerte en esta y sus futuras aventuras literarias.

La Mano del Rey

dissabte, 20 de maig de 2017

El torreón de Craster y una leyenda de los apaches de Nuevo Mexico

El torreón de Craster y una leyenda de los apaches de Nuevo Mexico

"En cuanto la poesía del mito es interpretada como biografía, historia o ciencia, muere."
Joseph Campbell

Robert Pugh como Craster
Uno de los lugares más bizarros de Juego de Tronos es el torreón de Craster. En la frontera entre los vivos y los muertos, más allá del Muro se encuentra este sinistro personaje que me llamó la atención desde el primer momento. Su forma de vida, rodeado de mujeres con quienes tiene hijos a los que sacrifica si son varones (all men must die) me recordó immediatamente a los escritos de Freud en sus trabajos sobre el Totem y el tabú, como el orígen oscuro y tenebroso (pudenda origo) de la civilización. El padre de Craster fue un hombre de la Guardia de la Noche y su madre una salvaje de la aldea de Árbolblanco. Su padre abandonó a su madre cuando Craster fue concebido. Cuando llevó al niño al Castillo Negro, los hermanos juramentados la echaron. De adulto, Craster se hizo con un Torreón en el norte más allá del Muro, donde vive con sus diecinueve esposas, muchas de las cuales son sus hijas, incluyendo a Elí, Dyah, Ferny y Nella (Wiki).
Para Freud el hombre primitivo vivía en harmonía con sus más oscuros instintos de supervencia y fue cuando canalizó esos instintos cuando empezó la cultura y se desarrollo el proceso auténtico de hominización. Los Dioses, y el Dios Padre especialmente, fueron el producto imaginario del hombre en ese proceso cultural que hizo que la mala conciencia creara una especie de "padre ausente" que pereseguía y juzgaba todo tipo de ofensas. Esa mala conciencia provenía del crímen primigenio y ese sentimiento de culpa, y tmabién el orden moral y social surgido de ese proceso se habían integrado finalmente en la mente del hombre dando lugar a la moral restrictiva de las religiones (que eran el baluarte de la severa instancia llamada Superego o Superyo). Jung y Cambpell ampliaron esa visión reduccionista de Freud para estudiar el mito en toda su variedad y complejidad, incluyendo a los arquetipos, las Diosas, etc...

Debo decir que por varias cuestiones nunca escribí este artículo porque me faltaba algo que pudiera
Craster y el héroe
darle más interés. Suponer que George R.R. Martin había leído Totem y Tabú no era suficiente. Y ese algo lo encontré en un libro de Joseph Campbell (Las máscaras de Dios, recientemente editado por Atalanta). En esta tremenda obra magna se encuentra una leyenda de los apaches jicarilla de Nuevo México -algo que me connecta totalmente con el imaginario de George- que nos remite al ambiente fronterizo y salvaje de Craster. La leyenda tiene un fuerte contenido sexual, lo cual es una muestra del estadio primitivo e infantil en el qual se originó el relato. La he suavizado a nivel formal, però no de estructura, para no amedrentar al lector. En todo caso la puede encontrar completa en las páginas 118-119 del libro Las máscaras de Dios. Según la leyenda había un Monstruo Cocecante que devoraba a todo aquel que se arcerara a una casa donde vivían muchas doncellas, que eran propiedad del monstruo. Llegó un héroe que desafió al monstruo y las muchachas lo tentaron a él, bajo riesgo de muerte (algo que puede observarse en las escenas de la Guardia de la Noche en la visita a Craster). Les preparó un brebaje para domesticarlas y que sintieran placer aun estando sin contacto físico con ellas. Para luego poder tener relaciones con ellas sin peligro debido a su naturaleza primitiva y salvaje. Está claro que Sam arriesga su vida en el encuentro con la mujer, algo que para el hombre primitivo era una prueba de hombría, un rito de paso de la edad juvenil a la adulta. Y que es la inteligencia lo que le lelva a salir bien parado de ese encuentro con la Diosa y no la fuerza bruta ni el instinto. Este es uno de los objetivos de los mitos y los artistas son creadores de mitos, metáforas que permitan comprender la vida humana. Sino fuera por este trasfondo psicológico-mitológico que lo sustenta todo el personaje de Craster sería de un surrealismo daliniano. Ese es uno de los aciertos de Martin: darle siempre una vuelta de tuerca a las cosas y explorar los límites de nuestra conciencia y naturaleza humana, llevándonos al asco, a la náusea existencial de la que hablaba Jean Paul Sartre. 

El hombre en estadio primitivo,  sin
nociones de bien ni mal
"No hay leyes más allá del Muro"
El motín en el torreón de Craster nos permite volver al estadio primitivo de la humanidad, a esa guerra de todos contra todos de la que hablaba el filósofo del miedo T. Hobbes. El hombre como lobo para el hombre. Vemos como del privilegio de un macho sobre las hembras se pasa a un derecho colectivo tras el asesinato del "Padre", con la mala conciencia que ello conlleva, pues quien ha matado corre el riesgo de ser matado también. Este proceso se ve en las leyendas griegas de Hesíodo por ejemplo en las batallas entre Zeus y su padre Cronos, y entre Cronos y su padre Urano. La sucesión de parricidios solo termina cuando Zeus se reparte de forma ordenada el botín del mundo con sus hermanos: Hades aquien dona el infierno, Poseidon, senyor de los mares y los cielos para si mismo instaurando el orden Olímpico que permite la creación de la civilización y el inicio de la historia, del tiempo cronológico


La Mano del Rey

dilluns, 1 de maig de 2017

Mapa de Las Islas y el Reino de Dolbadur

Mapa de Las Islas y el Reino de Dolbadur


"Nunca pensé que llegar al archipiélago de los dragones fuera una empresa fácil, pero salir de allí fue impossible. La belleza de aquel lugar era cosa jamás vista en los Reinos de Ethelorn"
       Relatos de un viejo marinero de Fársisa 



Las crónicas de los viejo reino de Turanmor están llenas de relatos acerca de podersosos dragones que habitaron las Islas del norte de Ethelorn antes que este cayera en desgracia por culpa del rey y su celosa esposa, tiempo antes que el Bastardo fuera engendrado y los profetas anunciaran su regreso y con su llegada el advenimiento del Hijo del Tiempo.  
     De todos los dragones de las Islas el más poderoso fue Hygrafdur el de las cinco cabezas. Su esposa era Tamnit, la señora de la noche, y ella misma tejió el velo que cubre el mundo, le dió la magia a los hombres y les enseñó el nombra de cada una de las estrellas. En las Islas se conservan aún los restos de un antiguo templo de Tamnit, donde las primeras leyes fueron escritas dictadas por su esposo Hygrafdur, que partió un dia para no volver jamás dejando a Tamnit en la soledad de los volcanes sagrados donde cobijó a sus hijos con los que tubo el resto de su numerosa descendencia. 

Las Islas


Una de las leyendas más conocidas de las Islas es la de la Reina Blanca y el dragón Hiberión. Se cuenta que los dragones entraron en guerra, rompiendo el Equilibrio que reinaba entre ellos y que solo uno de los cinco clanes hijos de Tamnit y Hygrafdur, podía ganar esa guerra. Eran tiempos de cambio para las Islas que vieron como el antiguo clan del Oso habíe perdido el poder en manos de Ferthelm, señor del clan de la Golondrina Negra y caudillo de los Exiliados. También se cuenta que fue Elgaria, la hija de Borgar, el antiguo Thaedor de las Islas quien plantó cara a los nuevos ocupantes del trono de Montedragón y que, a pesar de no ser la heredera del reino, pues era Segrid su hermana mayo aunque nunca fue reina y fue tragada por el olvido que cubrió la historia de las Islas. Aunque segun los rumores fue vista partiendo con el Heraldo Negro en un barco hacía algun otro lado, llorando amargamente por su reino perdido. Y también se cuenta que hubo un dragón que destruyó el Robledal Encantado y se enfrentó a Sahvior, el oscuro dragón anciano, el de los Mil Hijos. 





Hiberión, el cuento del dragón: 2-Un anillo quebrado




2-UN ANILLO QUEBRADO 


Escuché distraída la voz que, acompañada de un par de músicos, inundaba la sala. El canto era liviano como el vuelo de un pájaro y la aguda melodía llevó a muchos oyentes a días antiguos, mejores y más bellos. Pero a mí me aburría mortalmente.

En las cuevas se halla la reina
desnuda y vencida, entre el oro y el fuego,
Y en su regazo los niños del mundo,
fuera, en el cielo, un inmenso arco iris

Era una letra boba, como todas las de los juglares. Tampoco me gustaba la música, tradicional y muy antigua. Un timbal menudo y un arpa no daban para mucho en un día tan triste. Quizás antaño habría disfrutado de ella, pero des de la muerte de mi padre no podía hacerlo. Cuando la canción terminó el eco de la estancia dejó una nota final suspendida en el aire y no se pudo distinguir cuando terminó la música y empezó el silencio. Los aplausos de Ferthelm, el nuevo Thaedor, ese hombre grasiento, rudo y botarate, fueron seguidos por el jaleo de una multitud  de guerreros medio borrachos y violentos. Y yo, Elgaria de Montedragón y mi hermana éramos sus rehenes.
—Una bonita canción —dijo mi hipócrita hermana que tenía a mi lado—, ideal para una cena importante como la de esta noche.
Pude oír la voz ronca del Heraldo Negro, antiguo consejero del difunto rey Borgar, alabando esa composición estúpida ante el embajador de los trasgos de las montañas que habló con su voz entre burlona y quisquillosa:
—A los trasgos la música de los hombres no nos dice apenas nada —dijo agitando su robusto cuerpo contra la silla—, más bien nos irrita. No hay más  música que la del chasquido del látigo y el redoble de tambores en las cuevas de los trasgos.
El Heraldo hizo una mueca y continuó mirando el espectáculo. El juglar saludó a todos con una tímida reverencia y se retiró tras las sombras del gran cortinaje. Yo estaba sentada junto a mi hermana, como trofeos del nuevo orden. El Heraldo Negro, el embajador de los trasgos y algunos de los hombres de Ferthelm era nuestros compañeros en la gran mesa en forma de rombo que estaba en el centro de la sala. Alrededor teníamos algunas mesas alargadas en las que había decenas de invitados. La sala estaba adornada con los estandartes de los tres clanes dominantes de las islas, aunque el del clan del Oso había sido sustituido en su preminente puesto por el de la Golondrina de los Exiliados, los nuevos señores del reino. Había también colgados los tapices que explicaban la historia del reino, bordados por las mujeres de las Islas hacía siglos y que cada cierto tiempo era reparados y cosidos de nuevo con nuevos hilos para que nunca perdieran el esplendor ni se olvidara su historia.
 Un sirviente dio una orden, y con un grito la comida fue servida en grandes platos de cerámica blanca traídos de más allá de los mares y jarras de vino de las tierras de Drunwald, y verduras asadas en bandejas de madera talladas en forma de frutas y hojas de roble.
—Un gran banquete, sin duda —dijo el trasgo con voz grave mientras su paladar empezaba a deshacerse —. ¿Y vos no coméis princesa Elgaria?
—Los banquetes en honor al nuevo rey me tienen aburrida —respondí sin mirar a los ojos cetrinos de esa criatura deforme, aunque altiva y pomposamente arreglada—, más bien me dan jaqueca. Supongo que debe ser el olor de carne podrida que sacude el reino.
—La niña tiene la lengua muy larga. ¿No educáis a las princesas en Montedragón?
—No siempre fue una chica tan complicada. En tiempos de su madre no iba de caza con las jaurías de monteros, ni corría por las cuadras como una sirvienta tal y como hace ahora. De pequeña era la princesa más buena que jamás hubo en Montedragón. Más humilde y dulce que su arisca hermana mayor, la heredera del reino —respondió el Heraldo Negro mirándome con severidad y ganándose una mirada de reojo de mi celosa hermana. 
Sonreí falsamente. ¿Complicada yo?  Bobadas. Siempre hice lo que debía hasta que me harté. Me harté de ser la niña bonita de la corte a la sombra de su hermana mayor, más bella y altanera. Mi hermana, la niña perfecta. Perfecta y arrogante. Cruel con los criados que no se plegaban a sus designios. Celosa de una hermana que había llegado sin esperarlo, sin pedir permiso. El embarazo de la reina, mi madre, fue complicado. Mi hermana nunca me perdonó la larga convalecencia que la separó de ella más tiempo de lo esperado. No hubo más hijos. No podía haberlos. Luego al poco la reina murió y también mi padre, hace poco menos de un año. Cayó del caballo en una cacería en el Robledal Encantado.
— ¡Princesa, volved a la tierra! Parece que estáis otra vez en vuestros mundos y ensoñaciones.
Esta vez era la voz de mi antigua aya y ahora ordenanza de mis damas de compañía la que me devolvía a aquel festín amargo.
   ¡El rey desea decir algo! —anunció uno de los señores de Costa Agreste sujetando su jarra de hidromiel.
Se hizo el silencio y el rey se levanto rompiéndolo con el tintineo de sus anillos de mallas y repicar del metal de sus numerosas armas colgadas del cinto de cuero adornado con las dos serpientes enroscadas, el cinturón del Thaedor.
 —Tras una primavera y un verano de guerras entre los Isleños finalmente el consejo anciano de Montedragón ha aceptado a Ferthelm, señor de la Isla de los Olvidados, o sea yo mismo, —añadió con una mueca torcida y desdentada— como Thaedor y señor de la isla grande de Dolbadur, cabeza de todas las Islas. ¡La guerra de los tres clanes ha terminado! Las Golondinas de Viskibur, los Halcones de Aran y los Osos de Cravik pueden vivir en paz de nuevo.
            Estallaron los aplausos y las jarras golpearon las mesas y algunas se quebraron. El jolgorio que siguió a la celebración fue el único momento divertido de la velada. Cuando se hizo el silencio el rey siguió su discurso:
— ¡Hermanos! Además hemos trabado una alianza con los trasgos de las montañas y los dragones negros que garantizarán la paz y la prosperidad de las islas. A partir de ahora la plata y el cobre de las minas serán las nuevas monedas de las Islas. El tiempo del trueque y los Kravts de hueso de dragón ha llegado a su fin. 
            Otro silencio inundó la sala. Vi las caras entre asustadas y sorprendidas de los asistentes al banquete: todo el consejo del Thaedor, los guerreros más fieles de Ferthelm  y algunos de los Than del resto de los clanes.
— ¿Estáis seguro señor? Desde antaño las Islas han venerado a los dragones y utilizado monedas hechas de hueso —dijo  uno de los ancianos que no había votado a Ferthelm.
—Ese tiempo ha pasado. Los dragones son ahora nuestros aliados. No creo que incentivar la búsqueda de huesos de dragón en las Islas sea la mejor manera de sellar una alianza y la paz del reino. —argumentó de nuevo Ferthelm lanzando un eructo al final de su breve discurso.
¿Alianza? ¿Paz? De que hablaba ese hombre. Solo las armas le habían hecho rey. Las armas y el fuego ácido de los dragones negros que habían ayudado a Ferthelm. Por no hablar del oscuro pacto con los trasgos de las montañas que era el que permitía substituir la vieja moneda de dragón por el vil metal, algo que prohibían tajantemente las antiguas costumbres. No habrá metal alguno en el intercambio de bienes a no ser que sea el del choque de dos hachas, rezaba una de las leyes escritas en el rollo de pergamino rúnico que las recogía una a una. Mitrar, antiguo consejero del Thaedor de mi padre se levantó y pidió la palabra alzando la mano con la palma abierta como era costumbre.
 —Los dragones andan revueltos, señor. He oído historias de pescadores que han avistado dragones azules muertos en las costas del Vestifudr. Mensajeros del este han visto camadas de dragón rojo combatiendo a los negros en los cielos de Torre Oscura. Y un escudero de mi hijo, un tal Thorgal, me contó hace un par de lunas que en Costa Agreste unos viñedos habían sido arrasados por el fuego. El Equilibrio se ha roto… Entonces fue el Heraldo quien se levantó y respondió en nombre del rey mientras este devoraba un trozo de carne.
—Precisamente por esto debemos adoptar la nueva moneda. La guerra entre dragones no nos incumbe. Y la abundancia de huesos de dragón podría atraer más aventureros de la cuenta. Eso podría provocar desajustes en los precios de los mercados. El metal es más seguro, más sencillo de utilizar para todos. Dará trabajo a los herreros, contables y escribanos. El tiempo de los dragones se agota y llega el tiempo de los hombres.
—Y el de los trasgos. De nuestras minas y con la sangre de los esclavos se obtienen los preciados metales —siseó una voz arrogante y que cortó el discurso del rey infringiendo las leyes y costumbres. El trasgo miró a todos y dejó caer una bolas entera de monedas encima de las mesa.
—¡Larga vida al rey! —gritó una voz anónima que fue seguida por un coro de voces medio ebrias.
No era la primera ni la última de las leyes que se violarían en los tiempos que habían de venir. Me pregunté si eso formaba parte del trato. Creo que todos los presentes que no estaban al corriente de los pactos entre Ferthelm y sus inexplicables compañeros de juego se interrogaron por el mismo motivo. Cuando el griterío pasó el viejo Mitrar mesó su barba pelirroja y levantó la mano para exponer otro argumento.
—Según las costumbres antiguas…
—Esa época ha pasado —le interrumpió el nuevo Thaedor bruscamente—,  los dragones son ahora nuestros aliados. Y eso implica que los dragones de plata y cobre con la runa de Ferthelm sean la mejor manera para fomentar el comercio y la prosperidad. El dinero va a evitar-nos muchas guerras y conflictos.
Un silencio siguió esas palabras y los presentes sorbieron sus jarras mientras los
Trasgos de las cuevas
(por Jordi Solà)
criados entraban viandas nuevas con deliciosos manjares. El Heraldo Negro se irguió con todo su cuerpo y ladeó su robusto cuello mirando a ambos lados de la concurrida sala. Y habló en voz alta para que todos oyeran y dieran testimonio de su promesa ante el embajador de las montañas:
—Como veis el trato entre hombres, dragones negros y trasgos será provechoso para ambas partes. Como Heraldo del nuevo Thaedor me comprometo a hacer llegar a vuestro señor un número razonable de jabalíes, corderos y aves de las marismas. Deliciosos y suculentos manjares para su paladar.
—Siempre lo ha formado. No es de recibo que solo Shavior, el Anciano Oscuro, se beneficie del pacto con el reino de Dolbadur con los dragones negros  —dijo el embajador trasgo  alzando el brazo y fijando su vista en una pequeña mancha moteada de sombra y púrpura que se agitaba en las bóvedas de la sala.                        
—Vuestras maquinaciones me dan asco —les interrumpí de golpe.

—Otra vez la chiquilla insolente. Esto empieza a ser una mala costumbre  —dijo  el embajador con su voz rugosa.
—No temáis querido embajador. Ella no será destinada a vuestras tierras. Su destino es otro. —respondió el Heraldo Negro mirándome con displicencia.
¿Destino? Quién era el Heraldo Negro para decidir sobre mi destino. ¿A que se refería? Luego lo supe. Aunque no comprendí lo que significaba la palabra destino hasta días después de la cena. Zanjé la discusión callando, como siempre hacía con los adultos que, como padres omnipotentes, creen poder dirigir la vida de sus vástagos como si fueran títeres. Comí frugalmente pues el espectáculo de ver comer a una panda de señores hambrientos y ebrios era demasiado incluso para una hija del rey Borgar, conocido por sus opíparas comilonas y desmesuradas competiciones de bebida ante sus compañeros de armas. Mi padre fue un Thaedor alcohólico, es cierto. Pero nunca fue un borracho. No perdió nunca la compostura y su ebriedad, fruto de la nostalgia que sentía por un pasado que jamás iba a volver, no afectó nunca sus capacidades de gobierno ni sus virtudes como padre. Más bien creo que fueron un efecto de su intento de ser mejor de lo que era.
Recuerdo que una vez mi madre me dijo que todos los hombres tienen dentro de ellos el espíritu de un animal. Y ese animal siempre lucha por salir a la luz del sol. Yo podía ver en las almas de los demás, saber cual era su verdadero interior. El de mi padre era el de un fuerte oso, el clan al que pertenecía. El animal del Heraldo Negro era un cuervo, estaba segura. También sabía de la culebra que vivía dentro de la sirvienta Hibka, el ruiseñor que habitaba el cuerpo del niño que cantó en el funeral de mi madre, el jabalí gordo que habitaba en Ferthelm, el gusano que anidaba en el servicial Prikdar,  guardián de las caballerizas del reino. Y mi hermana quizás era una araña de cuerpo afilado y patas negras y peludas... Una voz suave y aterciopelada me sacó de mi ensimismamiento.
—¿Está delicioso verdad hermanita? —preguntó ella como si pudiera leerme el pensamiento y supiera que pasaba por mi cabeza.  
—La carne deliciosa, aunque con tanto eructo, brindis cervecero y cantos guerreros no da muchas ganas de comer.
—Siempre tan optimista hermanita. No crees que hay que ser más positiva. Hoy será una gran noche.
—¿Cómo? Una gran noche la que confirma que somos prisioneras de nuestros enemigos. Tienes un sentido del humor muy extraño hermana.
—Van a casarnos. Esta noche sabremos el nombre de nuestros esposos.
—¿Cómo?
—Van a casarnos.
—¿Casarnos? Sin nuestro permiso jamás. Las leyes viejas no lo permiten.  
—Exacto, las leyes viejas no. Las nuevas las hacen ellos. Sonríe y espera que te toque el menos gordo, menos feo y más rico de todos los que andan por aquí —dijo   alzando la copa, dando un pequeño sorbo y fijando su vista en un apuesto guerrero de los clanes del Norte.
—Yo no pienso casarme. Y menos con alguno de esos hombres. Prefiero la muerte. Y la tradición es que las princesas se casen con alguien de su mismo clan.
—Ya oíste al Thaedor. Los tiempos han cambiado. ¡Ya no somos unas niñas! Nuestro padre no está, ni madre tampoco. Así que alguien debe protegernos. La sangre real corre por nuestras venas y los matrimonios siempre han sellado la paz entre los hombres. Somos como este trozo de carne que hay en el plato. Un delicioso manjar para los vencedores.
El realismo de mi hermana siempre me había fastidiado. Ya en nuestra infancia ella siempre desconfiaba de las leyendas y los cuentos. Exhibía una superioridad ante los cuentos que nos contaban las ayas, desmontando con argumentos los relatos y rasgando el velo mágico que los cubría. Era muy lista, quizás demasiado. Mi padre me dijo que mi nacimiento la había hecho crecer demasiado pronto. A pesar de todo estaba seguro que me quería. Luego fui mi carácter el que se fue agriando, tras la muerte de madre y el brusco cambio en la personalidad de mi padre, cada vez más melancólico.
—¿A quién tomarías por esposo?
 — Vuelves a la carga. Yo no quiero casarme. Ya te lo he dicho.
—En general las mujeres no eligen su destino. Y las princesas menos aún. Solo antaño las mujeres escogieron a sus maridos a su antojo. Y los dejaban si querían. Ahora solo las campesinas escogen durante los bailes de la cosecha. Aunque también hay muchos raptos y matrimonios forzados o pactados entre familias. Algo que nuestro padre siempre combatió.
—No lo aceptaré. Puedes estar segura.
El Heraldo había puesto sus oídos en nuestra conversación, mientras acababa de concretar unos detalles con el feo embajador, cada vez más embotado por la comida y la bebida. No sabía cual de los dos me parecía más monstruoso, a pesar que el Heraldo era un hombre atractivo de facciones aguileñas, pelo negro lacio y mirada brillante. Pero su interior era tan oscuro como su apodo en la corte. Había sido consejero de mi padre y ahora lo era de Ferthelm, el nuevo Thaedor. Y si este muriera lo sería de su sucesor. Nadie conocía las Islas como él. Había viajado de joven como marinero en los tiempos de la pesca abundante que siguieron a la proclamación de mi padre como Thaedor. Habían sido buenos amigos con papá. Habían compartido chanzas, juegos, borracheras y peleas. Quizás alguna mujer incluso. Pero luego algo le cambió.
 Mi padre hablaba poco del pasado, de su juventud como guerrero sin cabeza ni sentido de la moderación. El cargo de Thaedor y el matrimonio le hicieron sentar la cabeza, pero el oso que llevaba dentro reclamaba de tanto en cuanto su sitio. Y madre me lo dijo muchas veces: los hombres no cambian más que de piel, pero su alma es siempre la que llevaban al llegar al mundo. Los demás y sus almas eran para mi claros como el cristal, pero yo no sabía cual era la mía. De pequeña pensaba que tenía la astucia del zorro, per al madurar me vi siempre como una águila solitaria. De repente el Heraldo se levantó y habló:
—Hermanos, hemos hablado de monedas, de leyes, de reyes nuevos y futuras alianzas. Pero para que el reino prospere hacen falta también hijos: varones sanos, fuertes y valerosos y hembras fértiles y tan apasionadas como serviciales. Sin el matrimonio nada podría continuar, ni el reino más fuerte puede resistir sin herederos. Ha llegado el momento de hablar de bodas y anillos
Mi hermana sonrió y yo me hundí en la silla. Era cierto. Pensaban casarnos con los hijos de los clanes que ahora señoreaban el renio. Callé esperando que todo fuera un malentendido y mi hermana fuera la elegida, pues era la mayor y la dispuesta a casarse.
         —Para que así sea el nuevo Thaedor ha decidido que su hijo, el príncipe Wilhem se case con Elgaria de Montedragón y sean así los herederos del reino.    —dijo mientras gesticulaba y sacaba un objeto de su bolsillo alzando el brazo. La princesa Segrid, su hermana, tendrá la libertad para escoger su esposo, como muestra de la buena voluntad de Ferthelm, señor de los tres clanes.
—¿Cómo, tú?
Los hombres empezaron a silbar y aplaudir ahogando la pregunta que mi hermana hizo a una indiferente audiencia. Mi hermana nunca pensó que el Thaedor podía hacerle esta afrenta, y menos ante todos. Empezó a ruborizarse y sus lágrimas afloraron.
            —Ella no puede ser reina. Yo debo serlo. Siempre lo fui.
—Esto es un ultraje. ¡Ella no puede ser elegida! —dijo uno de los consejeros reales,   alzando el brazo y fijando su vista en una pequeña mancha moteada de sombra y púrpura.
—¿Cual es la razón?
—Ella no es la heredera.
—La quiero a ella… Para mi hijo la quiero a ella. Es contestona, lleva dentro alma de guerrera. Será una buena madre para mis nietos. La otra es solo una princesa llorona y mandona. No quiero a una joven así para mi hijo.  

Mi hermana se levantó de la mesa y dejó la cámara del banquete. Antes de salir me miró llena de odio. Aunque la verdad es que se dio cuenta que todo era culpa del Heraldo Negro, quien la había traicionado y la quería para él. Estaba enamorado de ella desde hacía años y por eso no la había querido casar con nadie, con la esperanza de que lo escogiera a él ya que era quien gobernaría el reino de hecho dada la embriaguez y el descuido de ese nuevo Thaedor.  Yo estuve a punto de levantarme pero aguanté en mi silla. El Heraldo Negro se levantó y sacó un objeto de su bolsillo.
—Un anillo de hueso de dragón. Un presente para formar una alianza entre los clanes, para unir lo viejo y lo nuevo, los exiliados y los isleños. —dijo con su voz de hurraca de mal presagio.

El Heraldo acercó el anillo a mi mano. Oí algunas risas maliciosas. Lo sostuvo unos instantes jugueteando con él, para luego dejarlo encima de la mesa ante mis ojos. Todos esperaron mi gesto, mi alegre sonrisa por ser la nueva reina, por haber ladeado a mi hermana de la sucesión, por heredar el trono de mi padre. No les di esa victoria. Todo ese goloso premio lo tendría si aceptaba casarme con un hombre que jamás había visto, por casarme con el hijo de un carnicero. Pero no iba a hacerlo.. Con un gesto rápido tomé prestada el hacha del cinto del Trasgo que tenía a mi lado. Medio borracho apenas pudo girar el cuello para contemplar mi rápido y certero golpe. Oí algunas voces  gritar mientras descargaba el brazo contundencia sobre la mesa. 
—¡Qué hacéis señora¡
—¡Por los dioses¡
El anillo se quebró en pedazos y el hacha quedó incrustada en la madera, y lo estuvo hasta el final de los días de Montedragón, pues Ferthelm no permitió que nadie la sacara de allí hasta que la boda entre yo y su hijo se celebrara. Nunca pudo ver a su hijo casarse. Tiré la silla al suelo y salí corriendo del banquete, mientras aún resonaba en mi cabeza la voz grave y ebria de Ferthelm y la sonrisa horrible del embajador de los trasgos. Oí muchas voces, una de ellas identificable. Mi antiguo mentor Kratt, el hombre más sabio de Dolbadur.
—¡Princesa, volved aquí!
No iba a casarme con el hijo de aquel hombre, me repetí mientras corría. Mis pies me llevaron, ignorando a las criadas que encontraba en su camino y los gritos de mi hermana que iba tras de mí entre celosa y ofendida. El bien del reino habían dicho. El reino me importaba, pero no más que mi propia felicidad. No iba a casarme con ningún príncipe. Y menos aun con el hijo de un pirata coronado como rey, con mi captor. Los Exiliados eran la peor calaña de las Islas, descendientes de los deportados en los primeros días de los hombres. Antes me iba a arrojar de la torre más alta de la ciudadela. O mejor. Iba a matar al nuevo príncipe...

Al llegar a los aposentos de mi difunto padre caminé hasta el armario. Abrí las puertas decoradas con emblemas de un roble de tres troncos, un linaje ya extinguido, un mueble que había pasado de generación en generación. Había dentro una columna de libros y documentos: copias de testamentos, privilegios y donaciones de viejos reyes que se amontonaban en un arcón. Los arrojé sobre la gran cama real. No los necesitaba. La tapa del arcón crujió en abrirse.  De repente alguien llamó a la puerta de forma ruidosa. 
—¡Abrid princesa¡
—Si no lo hacéis será peor. ¡El Thaedor quiere veros, os reclama! —dijo otra voz diferente, más ronca, probablemente el Senescal del castillo, cuya voz era afónica tras una grave enfermedad.
No dije nada. Me arrodillé ante el cofre  y saqué un fardo envuelto en una vieja y gastada ropa blanca. La retiré con presteza pues la puerta temblaba con cada golpe y contemplé la vaina de piel con las dos ramas de roble entrecruzadas repujadas en el cuero, y el pomo  trabajado formando un gran trébol. Afuera gritaron dos veces más. Oía muchas voces  tras la puerta, luego golpes y una voz chillona que me era familiar. Antes la muerte, me repetí como una plegaria. Saqué la hoja que media apenas un brazo y la sostuve contemplándola. En la hoja había dos dragones enroscados trabajados en el metal como solo supieron hacerlo los herreros antaño. Era la espada de mi padre, el difunto rey Borgar, señor de Dolbadur, y Thaedor de Montedragón. Y entonces vi que en una de las esquinas de la cámara real abandonada, pues Ferthelm había tomado otra como aposento, una  pequeña sombra crecía y se agitaba y tomaba una forma no humana. Y se me heló el aliento.







dilluns, 10 d’abril de 2017

Qyburn, homenaje al Dr. Frankenstein y pinceladas de Fausto (parte I)

Qyburn, homenaje al Dr. Frankenstein y pinceladas de Fausto (parte I)

"Durante cientos de años los maestres han abierto los cuerpos de los muertos para estudiar la naturaleza de la vida. Yo quería comprender la naturaleza de la muerte, así que abrí los cuerpos de los vivos. El rebaño gris me deshonró por ese crimen y me obligó a exiliarme."
Qyburn, Festín de cuervos

"Habría bastado que nacieras varón. ¡Qué Cesar se ha perdido Roma!"
Marco Aurelio, Gladiator

Cersei y "Fausto"
Qyburn es un personaje fáustico de esos que gustan tanto a George R.R. Martin. Como Stannis, en sus secretos tratos con Melisandre, o Tyrion en la defensa del Aguasnegras, vemos en la relación Qyburn y Cersei ese fondo fáustico del hombre/mujer capaz de vender su alma al Diablo para lograr sus objetivos. Esa metáfora impregna la trama de Canción de Hielo y Fuego y el espectador la percibe de forma incosciente pues el mito o arquetipo de Fausto es esencial para comprender la sociedad occidental. Para el hombre primitivo, e incluso el medieval, esa relación con lo fáustico, nuestro lado más visceralmente racional -aunque pueda sonar a contradicción- y lógico, era una senda oscura y prohibida. En Cersei y Qyburn vemos esa maravillosa relación entre lo erótico y lo fáustico, pues Qyburn es la extensión de la parte masculina de Cersei. Y Robert Strong su brazo armado, la espada que le falta. Ella vende su alma al nigromante, que a la vez ha vendido la suya, y que años atrás había sido expulsado de la Ciudadela por sus trabajos con la muerte. Por lo que se había unido a los Comediantes Sanguinarios, la "peña chunga" de Harrenhall, fortaleza de los horrores. ¿Cual será el precio? Creo que teniendo en cuenta las profecías sobre Cersei todos lo sabemos.

En este artículo, dividido en dos partes por cuestiones de extensión, además de tratar de situar el papel de Qyburn en las cambiantes lealtades de Juego de Tronos bucearemos en las influencias y paralelismos de Qyburn en la mitología y la tradición literaria occidental. . Las referencias claras son:
  • Frankenstein de Mary Shelley
  • El Golem de la tradición judía y la nigromancia medieval
  • El Fausto de Goethe
Durante toda la Edad Media hubo muchas luchas entre los astrólogos, médicos y sabios y los
Portada del Fausto de Goethe
nigromantes. Pues para algunos, como por ejemplo el médico Arnau de Vilanova, los nigromantes eran malvados y enfermos en una parte de su cerebro, cuya melancolía o carácter taciturno era una prueba de esa enfermedad. Ambos tenían en común ese conocimiento de la ciencia reservado a unos pocos. Algo que en los Siete Reinos también percibimos: el de un mundo medieval que al entrar en el Renacimiento hace una regresión a lo mágico y lo fantástico. George nunca ha ocultado su fascinación por lo antiguo ante la decepción de lo contemporáneo. En el fragmento que inicia el texto queda claro que Qyburn ha recibido el repudio de sus antiguos compañeros de saberes. La moral del rebaño, tan opuesta a la de los espíritus libres, de nuevo en las referencia a todo lo relacionado con los Lannister, con su altanero león dorado en campo de rojo sangre. Esos latigazos tan nietzscheanos de George R. R. Martin y que vimos en el artículo de Jaime LannisterAunque ya veremos a quién sirve Qyburn pues en el Juego de Tronos todos es muy rebuscado. Y no me extrañaria que todo fuera una treta de Meñique para sembrar el caos. La cita de Meñique a Sansa en sus capítulos en el Norte no deja de sembrar sospechas. Y viendo las promos de HBO no dejamos de ver que hay un conflicto inminente entre la reina fáustica de Occidente (Westeros) contra la Madre de Dragones, señora de esclavos, la que no arde y restauradora del viejo orden Targaryen o de algo nuevo que está por venir. Nos falta una tercera reina. Que en mi opinión y viendo los tejemanejes de Meñique será Sansa, aunque en las promos de HBO no aparezca, probablemente para despistar:

"No te imaginas la mitad de lo que está pasando en Desembarco del Rey, cariño. Cersei va de estupidez en estupidez, ayudada por su consejo de ciegos, sordos e imbéciles. Siempre supe que llevaría el reino a la ruina y se autodestruiría, pero no imaginaba que fuera a darse tanta prisa. Es un desastre. Creía que contaría con cuatro o cinco años de tranquilidad para plantar unas cuantas semillas y esperar a que madurasen ciertas frutas, pero ahora... Menos mal que se me da bien medrar en el caos. La poca paz y orden que nos dejaron los cinco reyes no sobrevivirán mucho tiempo a las tres reinas."

El primer encuentro entre Cersei Lannister y Qyburn está teñido del recuerdo sobre el tratamiento que
Jaime y su mano de oro
el Maestre le dispensó a su hermano gemelo Jaime y que tiene reminiscencias de la Guerra de las Galaxias cuando Luke, el gemelo de la princesa Leia ha perdido la mano que es reconstruida mediante la tecnología. Como dice Brandon Sanderson en la fantasia cualquier tecnología es indistinguible de la magia. Recordemos el fragmento de Festín de Cuervos:
—¿En qué puedo servir a Vuestra Alteza?
Su rostro le sonaba de algo, aunque no conseguía identificarlo.
«Es viejo, pero no tanto como Pycelle. A este aún le quedan fuerzas. —Era alto,
aunque algo encorvado y con patas de gallo alrededor de los ojos azules, atrevidos—.
Tiene el cuello desnudo.»
—No lleváis cadena de maestre.
—Me la quitaron. Mi nombre es Qyburn, si a Vuestra Alteza le parece bien. Yo
traté la mano de vuestro hermano.

Luke en su recuperación de la mano
cercenada en su combate con Darth Vader 
Fausto encarnaba las potencialidades del cerebro humano en toda su expansión, más allá de los límites éticos o morales, lo que Jung llamaba la Sombra, que eran prohibidos por las leyes de los hombres y las de Dios. El alma griega llegó a esos límites aunque no tubo posibilidad de cruzarlos más allá de lo que su tecnología pudo disponer, y en los árabes y cristianos medievales esa relación con la ciéncia quedó relegada a la Alquimia y los Físicos o médicos.

La expansión de la conciencia humana es la del desarrollo de las potencialidades latentes en el hombre, un desarrollo que va más allá de la evolución biológica del cerebro humano como órgano. El descubrimiento de la Bomba Atómica suposo por ejemplo una de las culminaciones de ese espíritu fáustico -como lo denominó el historiador alemán Oswald Spengler en su obra magna La Decadencia de Occidente-. En plena explosión en Los Álamos Robert Oppenheimer, un fausto trágico según el intelectual George Steiner, piensa en la frase del Bhagavad-Guitá: "Ahora me he convertido en La Muerte, Destructora de Mundos." La sonrisa del arlequín de Oppenheimer en Los Alámos al contemplar el poder nuclear en su máxima expresión no puede dejar de recordarnos la de Cersei al estallar el Gran Septo de Baelor. Cersei, vida y muerte, como Kali, la devoradora de mundos.

Cersei in vino veritas

La Mano del Rey


dissabte, 25 de març de 2017

Stannis y Shireen Baratheon: el sacrificio de Ifigenia, ventanas a la mitología griega

Stannis y Shireen Baratheon: el sacrificio de Ifigenia, ventanas a la mitología griega

"445-¡Oh Crises! Envíame al rey de hombres, Agamenón, a traerte la hija (Criseida) y ofrecer en favor de los dánaos una sagrada hecatombe a Febo, para que aplaquemos a este dios que tan deplorables males ha causado a los argivos.
446 Habiendo hablado así, puso en sus manos la hija amada, que aquél recibió con alegría. Acto continuo, ordenaron la sagrada hecatombe en torno del bien construido altar, laváronse las manos y tomaron la mola. Y Crises oró en alta voz y con las manos levantadas"
La Ilíada



Davos y Shireen, entrañable pareja.
En las manos Shireen sostiene una
figurita de una cierva.
Uno de los momentos más macabros y crueles de la últimas temporadas de Juego de Tronos fue el sacrificio, inútil por otra parte, de Shireen Baratheon a manos de su padre a instancias de la bruja Melisandre. Este se produce en el marco de la invasión norteña de Stannis al más puro estilo Napoleón, algo que ya comentamos en otro artículo. Retorciendo el argumento, pues ese sacrificio no estaba en los libros -almenos en lo que se ha publicado hasta ahora- los guionistas dieron un giro tan inesperado como escabroso al destino de los Baratheon, que acaban todos muertos en breve tiempo. Quizás lo peor sea la "destrucción" narrativa del personaje de Stannis que, sin ser uno de los más queridos y carismáticos, tenia un nutrido grupo de fans (TeamStannis) en las redes sociales. Para algunos Weiss y Benioff habían cruzado las líneas rojas del mal gusto y empezaban, en parte por la lentitud de publicación de los libros, a desviarse demasiado de la trama establecida por el padre de la criatura, el temido George R.R. Martin; quién a pesar de no temblarle el pulso a la hora de cargarse a qualquiera no parecía deparar a los Baratheon tal cruel destino. Aunque eso está por verse, o mejor dicho leerse. 

Otra vez podemos recurrir a la mitologia y a la cacareada Guerra de Troya para ver en  donde pudo inspirarse este giro. Recordemos el sacrificio de Ifigenia a manos de su padre. ¿Pero quién era Ifigenia? Ifigenia era la hija de Agamenón, rey de Micenas, y de su esposa Clitemnestra. La flota de Agamenón no podía partir hacia Troya por culpa de la calma del viento. Agamenón había matado un ciervo consagrado a la diosa Artemisa, y además había provocado su cólera con palabras irreverentes, por lo que la diosa, además de mandarle una peste al ejército griego había producido una calma absoluta, de forma que los griegos no podían abandonar el puerto por falta de viento. 
     
Cuando los videntes declararon que la ira de la diosa no podría ser aplacada a menos que
Virgil Solis, grabado en el que se ve
como Ifigenia es salvada de las
llamas y sustituída por un carnero
o una cierva.
Ifigenia, la hija más bella de Agamenón, le fuese ofrecida como sacrificio compensatorio, Diomedes y Odiseo fueron enviados a buscarla al campamento con el pretexto de que debía desposar a Aquiles. Ella accedió a acompañarles, pero en el momento en que iba a ser sacrificada fue llevada por la propia Artemisa (según otras fuentes, por Aquiles) a Táuride, y otra víctima ocupó su lugar. En las fuentes literarias que relatan este mito, únicamente Esquilo y Lucrecio indican que Ifigenia fue efectivamente sacrificada, pero la tradición mayoritaria afirma que Artemisa la sustituyó en el último momento por una corza o por una cierva y la transportó a Táurica, en Crimea, donde la convirtió en su sacerdotisa y tenía la misión de sacrificar a los extranjeros como ofrendas a la diosa. Ifigenia es conocida por las fuentes mitológicas griegas desde los siglos VII-VI aC y estaba tan estrechamente identificada con Artemis que algunos investigadores creen que, originalmente, era una diosa de la caza rival, el culto de la que fue incorporado al de Artemisa. Como vemos el ciervo es un animal que permite comprender el juego de esepjos que los guionistas nos proponen y el guiño con la mitología clássica es evidente. 

Como vemos hay paralelismos y diferencias evidentes que resumiremos aquí:
Ciervo (por Nat Guix)
  • Un rey sacrifica a su hija con el fuego para cambiar el factor metereológico en contra y ponerlo a su favor, en un caso viento y en el otro nieve.
  • El sacrificio es ordenado por videntes, fuerzas oscuras irracionales que dirigen el destino trágico de los hombres.
  • Odiseo es usado para traer a la hija del rey. Aquí Davos es alejado para evitar que se interponga en los planes del rey y salve a la niña.
  • Hay un intercambio de la persona a sacrificar para salvarla Eso no sucede aparentemente en el caso de Shireen, pero sí en el de Mance Rayder, cuya mente intercambia Melisandre en última instancia, algo que los lectores del libro saben y no los espectadores de la serie, cosa que tampoco sabemos si ha sucedido y se sabrá o no en las nuevas temporadas.
  • En el caso de Agamenón el sacrificio resulta efectivo y el sitio de Troya es llevado a cabo con éxito, no sin muchas otras desventuras y tragedias; mientras que Stannis fracasa en su intento de asediar Invernalia, es derrotado por los Bolton y muerto, en la serie, por Brienne de Tarth. 


La Dama Roja, más bien púrpura
en este fotograma
Quedan muchas preguntas en el aire. ¿Murió Shireen realmente? La salvó Melisandre en última instáncia, como Artemisa a Ifigenia? A tenor de los libros parece que Shireen es demasiado importante para haber terminado aquí su papel en la saga Canción de hielo y fuego. Y por lo que sabemos de Martin y sus muchachos podemos esperar alguna sorpresa en el futuro. Ciertamente, el hecho que las líneas argumentales de los libros y la serie se hayan separado da piea a fabular con mil y una teorías, pues claro todo parece abierto al cambio y muchas interpretaciones de episodios sucedidos en los libros pueden ser interpretados y reinterpretados ad eternum. Hasta que no se vean las próximas temporadas y puedan compararse con los libros, sí es que han salido a la venta, no podremos saber todas estas cuestiones.   

Podríamos decir que desde una perspectiva jungiana el sacrificio de Ifigenia representa el precio que uno está dispuesto a pagar para conseguir el éxito, el grado de deshumanización -en la Ilíada el episodio es más bestial que en la saga de HBO- al que un hombre, un padre de família en este caso, está dispuesto a llegar con tal de alcanzar sus objetivos en pos de una vida heroica; o mejor dicho fáustica, ya que ni Agamenón ni Stannis pueden considerarse héroes en el sentido clásico ni moderno. Y que los sacrificios de los grandes hombres suelen llevarse por delante los sueños y la inocencia de los más débiles. 


La Mano del Rey